El volcán, de 2.661 metros de altura sobre el nivel del mar, se encontraba semiactivo. Para el ascenso, que no era técnico, se requería una condición física moderada y yo la tenía. El último informe publicado en el Diario Mayor – Ciencia Uno, del 18 de noviembre de 2022, señalaba que la actividad reciente del volcán mostraba un aumento en su nivel de sismicidad. En el artículo, el Dr. Morgado sostenía: “Estamos registrando muchos sismos asociados a ruptura de roca, posiblemente porque el volcán está soltando gases, pero además puede estar llegando magma desde abajo”. El geólogo expresaba que esos signos son interpretados por los científicos como una fase de agitación volcánica que indica que el sistema sigue activo.

La altura, desde la base del cono no parecía mucha, sin embargo, la información que manejaba generaba un poco de preocupación. A pesar de que transitábamos los meses de primavera, la nieve cubría aproximadamente la mitad del cono volcánico. Sabía que al subir, la temperatura descendería aún más. Me senté sobre una enorme piedra aislada, para poder contemplarlo y medir la distancia de riesgo. En el informe que había leído, recuerdo que se resaltaba en letras negras: “El peligro más grande son los lahares, que se han registrado; se sabe por dónde han pasado y qué camino seguirá si hubiera una nueva erupción…”, advertía el investigador. Desde el ángulo de vista que, a esa hora de la tarde, permitía divisar todo el cuerpo del volcán, pude observar los temibles lahares; esos hilos de agua mezclados con sedimentos y escombros volcánicos que se desplazan pendiente abajo. Sentí poco peligro en ellos, al contrario, parecían lágrimas que brotaban de las entrañas de la tierra y se deslizaban formando, en apariencia, un angustioso llanto. Mi mirada siguió el curso del líquido en descenso. La tristeza que embargaba al planeta fue contagiosa y lloré con él.

Ahí estaba, sin saber si habría otra oportunidad, quizás la última en mi vida. Subir alguna vez al Volcán Osorno, en Chile, era una de esas ilusiones que, por lo general, dudamos que se hagan realidad. Sueños que parecen inalcanzables y que durante años permanecen en el recoveco de propósitos distantes o en locas fantasías.

Desde la atractiva ciudad chilena de Frutillar, en la ribera del lago Llanquihue, el coloso representaba el retrato perfecto de la obra de Dios. Precioso y soberano frente al entorno de lagos y montañas que, a sus pies, se vislumbraban minúsculos y delicados, como un paisaje pintado en acuarela.

Entré al parador, conversé con el encargado. Acababa de regresar un grupo de montañistas, a quienes me presentaron. Compartí su alegría. Se los veía rebosantes de adrenalina. Aproveché para sacarme algunas dudas. El último grupo del día había partido hacía unos veinte minutos. Después de hacerme unas preguntas, un examen físico y una evaluación del abrigo que llevaba, registraron mis datos personales y me autorizaron a subir. Tal vez podría alcanzarlos. Pedí un té para reponer el calor que mi cuerpo comenzaba a perder ante temerario desafío.

Estar parada al pie del volcán imponía un respeto abrumador y el deseo lúdico de abrazarlo.
Observar el espacio y encontrarme rodeada de enormes bloques de roca ígnea, de un tono gris oscuro, escalofriante, produjo en mi cuerpo una especie de espasmo, una tensión y distensión espontánea que, de forma enigmática, equilibraban las emociones que me acompañaban.

La piedra irregular, retorcida, con apariencia de esponja o vítrea que un día fue lava, me llevó a escenarios de la creación del mundo. La sutil imagen mental provocó sensaciones encontradas: resistencia y tenacidad, arrogancia y modestia, grandeza y pequeñez, pero, sin duda, un poco de temor y un poco de dichosa audacia, mientras medía el desafío que estaba a punto de iniciar.

Fantasear con algún instante pasado de la evolución del planeta y el atractivo de respirar el momento presente, bajo el viento helado y en un plano inclinado de cuarenta y cinco grados, aliviaba el esfuerzo de la caminata cuesta arriba.

Tomé prestados un par de bastones y comencé el ascenso. Recordé la lectura de una de las páginas de la revista científica que había encontrado en la biblioteca del hotel, en ella decía que la última erupción del Osorno fue observada por Darwin, en 1835; que el naturalista inglés en sus apuntes de viaje a bordo del buque científico Beagle, al mando del Capitán Robert Fitz Roy había registrado: “…delgadas líneas de lava incandescentes brillaban sobre sus flancos y se sintieron sacudimientos en el buque, como si se escurriese la cadena del ancla”.

Vivir esta experiencia merecía hacerla con el alma desnuda, conocer allí la temperatura del frío, el viento que corta la piel, la saturación de oxígeno que disminuye a medida que uno asciende y que, sin embargo, el organismo lentamente comienza a adaptarse y a compensar la carencia de oxígeno. Así fue que solo abrigué la piel de mis años de ilusión. Con la ayuda de los bastones continué trepando. En cada paso notaba cómo el estrés, la ansiedad y cualquier emoción negativa, adosada a la biografía de mis células, se desprendía y caía al lado de mis pasos, mientras el basalto de andesita los absorbía como si se alimentara de ellos. Una transferencia espontánea devolvía a mi existencia un placentero estado de equilibrio y armonía. Algo similar al proceso de fotosíntesis de los vegetales.

En una conexión mística, quizás algún tipo de encantamiento o el mismo estado de éxtasis que no intento razonar, recuerdo que con los ojos abiertos y las sensaciones expectantes experimentaba alucinaciones. Presencié un viaje en el tiempo hasta el repentino instante de una erupción. Percibí en el silencio absorto de la colosal montaña de ceniza y lava dormida. La brusquedad del momento de estallido, el ardor de las llamas, la quemazón, el asfixiante humo con aroma a azufre y otros gases alertaron al hipocampo que, cubierto de recuerdos milenarios, dormitaba en el limbo. Advertí cómo la lluvia ácida impregnaba la vegetación dejándola vulnerable ante al embate de las plagas. Vi bestias, de tamaño irreal, rodar como granos de café dentro de un molinillo y transformarse en lánguidas lenguas de cremoso fuego. Sentí las entrañas de la tierra rugiendo feroces, sangrando en magma y consumiendo a su paso el mundo vivo que, en ese tiempo, se atrevía a existir.

Un nuevo salto cuántico me lanzó a las aguas inquietas de un mar sin calma, y esta vez la explosión emergía de las profundidades del océano, aún no descubierto. Rocas fundidas del interior de la tierra turbulenta asomaban a la superficie en forma de blanda lava que, al contacto con el aire, se retorcía doliente mientras se apagaba y formaba un nuevo suelo.

Puedo asegurar que durante el tiempo en ascenso y durante los cincuenta minutos que me detuve a descansar, agradecer, rezar y meditar viví lo que en este relato les cuento. No lo soñé, estuve allí.

Mientras descendía, contemplaba el paisaje magnífico que alberga al volcán y su historia.
Pude reconocer cómo después de miles de años, la vida, en una especie de armoniosa tregua, renovó las especies y allí donde reinó el horror desconocido, habitan miles de árboles de coihue, canela, ciruelos, araucarias y variedades de coníferas, así como flores, muchas flores que endulzan el aire. Huidizas liebres se regocijan, zorros curiosos otean el ambiente, cóndores solitarios planean sobre altos glaciares, ágiles tatúes husmean buscando hierbas frescas y cientos de aves que jamás había visto trinan durante sus cortos vuelos.

Supe que el volcán me había conquistado.